martes, 30 de septiembre de 2008

las encrucijadas del progresismo

CHACHO ALVAREZ Y CHANTAL MOUFFE
EN UN DEBATE
SOBRE EL ESCENARIO SUDAMERICANO

En un encuentro organizado por el Cepes, políticos y politólogos analizaron los logros y las limitaciones de los nuevos gobiernos de la región. La deuda de revertir la desigualdad social y la necesidad de reformular el centroizquierda.

Por Javier Lorca
“En un mundo con pocas ideas de cambios, Sudamérica es una de las regiones más vibrantes”, postuló Carlos “Chacho” Alvarez en la apertura de un encuentro de reflexión sobre los “gobiernos progresistas” de la región. Políticos y politólogos ensayaron balances y perspectivas de las experiencias nacionales desarrolladas durante los últimos cinco años. Y hubo, más acá de los contrastes y la diversidad de miradas, un diagnóstico consensuado: pese a los cambios emergentes, el núcleo duro de la desigualdad social pervive intacto.
El debate fue organizado por el Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (Cepes) y las fundaciones Friedrich Ebert y Jean Jaurés. En el Hotel Claridge, el encuentro comenzó con un panel dedicado a “2003-2008, más de un lustro de la izquierda en el gobierno”. Chacho Alvarez y la politóloga belga Chantal Mouffe abrieron la discusión, que luego continuaron Carlos Ominami, de Chile; Carlos Gaviria Díaz, de Colombia; Ana María Sanjuan, de Venezuela, y Ausberto Rodríguez Jara, de Paraguay, y Valter Pomar, de Brasil (ver aparte).
Como entrada a su análisis, Alvarez propuso evitar “la diferenciación entre gobiernos prolijos y peligrosos, reformistas y revolucionarios”, y se centró en las afinidades entre “las ocho experiencias de cambio que vive Sudamérica” –donde incluyó a Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Paraguay y Chile–, “procesos que tienen una raíz común en el fracaso del modelo neoliberal de los ‘90”. El ex vicepresidente desbrozó esas características comunes en siete ideas:
- La definición de nuevos proyectos nacionales.
- Como un reflujo de lo ocurrido en la década previa, cuando los ministros de Economía pautaban los pasos de los gobiernos, se produjo “un recentramiento de la política, una subordinación de la economía a la política”.
- Parte de esa reversión, en lugar del mercado volvió a posicionarse el Estado.
- “Una redistribución de los bie-nes públicos y sociales”, una ampliación de la ciudadanía y del reparto del poder.
- Se avanzó hacia “una transformación productiva” y una “diversificación de la estructura”.
- Los nuevos gobiernos buscaron “una inclusión autónoma en la globalización”.
- Amén de los proyectos nacionales, los gobiernos apostaron “por una mayor integración regional” (Mercosur y Unasur).
Junto a esas similitudes, Alvarez señaló la existencia de diferencias relacionadas con el impacto diferencial del neoliberalismo. “No es casual que en Venezuela, Bolivia o Ecuador hayan surgido liderazgos parecidos, personalistas, ante la implosión de sus sistemas de partidos. A diferencia de lo que ocurrió en Brasil, Uruguay o Chile, donde se dieron procesos de cambio con fuerte rol de los partidos.” Al de Argentina, el titular de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur lo consideró un caso intermedio, por la conjunción de ruptura económica y continuidad política respecto de los ’90. Como cierre, destacó que los ocho países analizados reúnen tres deudas: “una mejor democracia, con instituciones más densas”; “un desarrollo más sostenido”, y “superar la desigualdad social mediante la distribución de la riqueza”. “Nunca se dieron estos tres órdenes en forma conjunta”, concluyó.
El mal ejemplo
¿Cuál es, para los gobiernos latinoamericanos, el ejemplo a no seguir? La respuesta de Chantal Mouffe: “La experiencia desastrosa” de las socialdemocracias europeas, cuyo problema “se localiza en la idea de centroizquierda”. Para la politóloga, “la famosa idea de la Tercera Vía fue presentada como la modernización de la socialdemocracia y, en realidad, fue la liquidación de la socialdemocracia”. Por esa vía, socialistas y comunistas aceptaron la premisa de “pensar más allá de izquierdas y derechas” y así se encontraron más al centro. Como aspecto positivo, esto implicó “el abandono de la idea de que los proyectos de izquierda debían significar un modelo revolucionario jacobino” y abrió un reconocimiento del pluralismo. “El problema es que se pasó de un modelo de amigo-enemigo, donde era necesario destruir para construir, a un modelo liberal, donde el oponente es concebido como un competidor. No se consideran estructuras de poder, sino intereses en competición.”
Como consecuencia de ese trueque, el centroizquierda dejó de apuntar a transformar las relaciones de poder y pasó “a imaginar que el terreno creado por el neoliberalismo no tiene alternativas”. El resultado es “una situación pospolítica”, porque “no se reconoce la dimensión del antagonismo, que es constitutiva de lo político”, dijo, retomando la tesis desarrollada en su libro En torno de lo político. El alto abstencionismo electoral de la ciudadanía sería un síntoma de esa pospolítica y una advertencia sobre la movilización que podrían convocar los populismos de derecha.
La propuesta que planteó Mou-ffe radica en “una democracia agonista”, que reconozca “la naturaleza hegemónica del orden social, no hay orden neutral, siempre hay alternativas y siempre hay estructuras de relaciones de poder”. Desde esa perspectiva, “no hay consenso posible entre proyectos antagónicos”, siempre hay uno que se impone sobre otros. El agonismo de Mouffe esquiva por igual la disyuntiva entre enemigos y entre competidores apelando a la noción de adversarios: “Los adversarios reconocen la legitimidad de las demandas del oponente. Luchan por imponerse a través de procedimientos e instituciones democráticas aceptadas por los adversarios. Hay un consenso conflictual, porque son parte de un espacio simbólico común”. El corolario dirigido a las experiencias latinoamericanas: “Para ser exitosa, una política requiere la creación de un bloque hegemónico. Para la izquierda, es necesario suscitar la adhesión de sectores cada vez más importantes de la sociedad. Es necesario construir un nosotros que no puede ser nunca absolutamente inclusivo: siempre tiene que haber un ellos”.

fuente: Página 12

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